When the stars go blue

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El avión esperaba en la pista de despegue. Era noche cerrada y las estrellas no se veían desde la ventanilla de mi asiento. Los motores se activaron y me hundí en el respaldo. No hubo retrase perceptible, al contrario de lo que me esperaba. En el viaje no hubo ni un mal ruido, ni una mala turbulencia. Un par de horas más tarde, algunos faros permitieron atisbar la costa irlandesa y al fondo, abrazando la desembocadura del Liffey, la ciudad de Dublín se abría ante nosotros.

 

El viaje en taxi no fue tan ideal. Aquel señor alto, blanco y de mejillas rosas resultaba casi inteligible, y creo que se me hizo la novatada del “paseillo”, hasta el punto de que tardamos casi media hora en un trayecto de no más de 10 kilómetros. Para colmo, tras pedirme 19,50€ le pagué con 20€ y no me devolvió el cambio. Se excusó diciéndome que no le quedaba…

La acogida en el hogar terminó siendo mucho más agradable. Annah y su marido, así como cuatro de sus hijos, aún viven en una casa pétrea de dos plantas, patio delantero para sus coches y trasero para el jardín. Viven a cuatro kilómetros del “town centre”, en una zona bastante acomodada. Son aficionados al rugby y al golf, de hecho celebraron la victoria europea en la Ryder Cup. Desayunamos sobre las 7:00, comemos a las 13:30 y cenamos en torno a las 18:30, aunque se muestran bastante flexibles al respecto, por si algún día nos quedamos a tomar algo en las numerosísimas tabernas, parques y museos que hay para disfrutar. Mi compañera en casa se llama Alice, una chica italiana de Palermo, Sicilia. Os hablaré más detenidamente de ella, pero baste decir por ahora que le gustan los Beatles, el cine en general –y las pelis de Woody Allen en particular–, ama la lectura, escribe sobre y le gusta la cocina y ha hecho danza clásica. 

Los transportes aquí resultan bastante caros. El billete de ida es 1,90, y el “return”, 3,50. Aquí, al menos, te devuelven el cambio, algo que no sucede en los taxis, como os dije, o en los autobuses. Se autoadjudican una propina arrogándose el derecho a exigirte la cantidad exacta del viaje que vayas a hacer. El clima es bastante inestable, de ahí el dicho: “in dublin, there are four seasons in a day”. Ahora que si te quejas del tiempo siempre hay alguna persona que te salta con aquello de “if you don’t like the weather, just wait ten minutes”. Y llevan razón. En tan solo media hora puedes pasar del viento otoñal, al frío invernal o el sol de primavera, pero todo es acostumbrarse. 

Esta mañana he realizado la prueba de nivel y me han colocado en la clase “advance level”. Mis compañeros son tres alemanes y alemanas, una chica de Liechtenstein, tres brasileñas, una rusa, una ecuatoriana, dos españolas y un español. El profesor es un poco Barney -de hecho su nombre es Barry, bastante parecido. Para dar sus clases, viste con un traje que parece bastante, pero es la mar de simpático. 

Y hasta aquí esta primera historia. No quiero alargarla demasiado, pues habría mucho más que contar. Dejemos que el paso de los días vaya poniendo las cosas en su sitio y destacando aquello que en verdad merece la pena ser contado. Por de pronto, estoy encantado de haberme instalado con éxito en Dublín, una ciudad en la que, dicen las estadísticas, el 50% de la población tiene menos de 28 años. Una urbe, la capital irlandesa, tan dinámica como acogedora, y donde, por curioso que parezca, a veces se pueden ver las estrellas desde la ventana de tu habitación.

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Frente a la fábrica de Guiness. 01-10-2012

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